Reflexiones

Por qué guardamos cosas que ni siquiera nos gustan

Psicóloga mujer de pie con camisa celeste de estilo profesional, fondo blanco neutro y postura relajada, ideal para transmitir cercanía y confianza en servicios de psicología y salud mental en consulta privada en Santiago Providencia.

Catalina Arroyo

Psicóloga Clínica

adulto mayor conversando con profesional de salud en su hogar recibiendo apoyo emocional y atención psicológica domiciliaria

Hay una caja en algún rincón de casi todos los hogares. Dentro hay cosas que nadie usa, que nadie recuerda haber elegido conscientemente, y que sin embargo nadie tira. Un regalo que nunca gustó del todo, un adorno heredado que no combina con nada, una prenda que no se ha puesto en años pero que sigue ocupando espacio en el clóset. Cuando alguien pregunta por qué se guarda, la respuesta suele ser vaga: "por si acaso", "tiene historia", o simplemente un silencio incómodo seguido de cambiar el tema.

Lo que ocurre en ese momento de duda no es irracionalidad ni desorden mental. Es la expresión de un fenómeno psicológico bien documentado que opera silenciosamente en la relación que las personas tienen con sus pertenencias. Entender ese fenómeno no solo explica por qué cuesta tanto deshacerse de ciertas cosas: también revela algo más profundo sobre cómo construimos nuestra identidad a través de los objetos que nos rodean.

En la práctica clínica, este tema aparece con más frecuencia de lo que podría esperarse. No siempre en el contexto del acaparamiento compulsivo, que es un cuadro clínico específico, sino en conversaciones sobre duelo, sobre transiciones vitales, sobre la dificultad de soltar etapas pasadas. Las cosas que guardamos cuentan una historia sobre quiénes fuimos, quiénes queremos ser, y a veces, quiénes tememos dejar de ser.

El efecto dotación: lo mío vale más porque es mío

En 1990, los economistas conductuales Richard Thaler, Daniel Kahneman y Jack Knetsch publicaron un estudio que se volvería referencia obligada en psicología del comportamiento. En una serie de experimentos, demostraron que las personas asignan sistemáticamente más valor a los objetos que ya poseen que a objetos equivalentes que aún no tienen. A este fenómeno lo llamaron efecto dotación (endowment effect). En uno de los experimentos más citados, a un grupo de participantes se les entregó una taza de café y luego se les preguntó por cuánto la venderían. A otro grupo se les mostró la misma taza y se les preguntó cuánto pagarían por comprarla. El precio de venta fue consistentemente casi el doble del precio de compra. (Kahneman, Knetsch y Thaler, 1990 - Journal of Political Economy).

El mecanismo detrás de este efecto está relacionado con la aversión a la pérdida, otro concepto central de la teoría prospectiva desarrollada por Kahneman y Tversky. Perder algo duele aproximadamente el doble de lo que satisface ganarlo. Cuando pensamos en deshacernos de un objeto que ya poseemos, el cerebro procesa esa acción como una pérdida, no como una liberación. Y esa pérdida activa una respuesta emocional desproporcionada respecto al valor real del objeto.

Esto explica por qué alguien puede guardar durante años una lámpara que nunca encendió, un libro que nunca abrió, o una vajilla que solo usa en su cabeza. No es que los valore especialmente. Es que el solo hecho de poseerlos los convierte en parte de su mundo, y desprenderse de ellos se siente como una pequeña amputación.

Cuando los objetos se convierten en extensiones del yo

El psicólogo Russell Belk introdujo en 1988 el concepto de yo extendido (extended self) para describir cómo las personas incorporan sus posesiones a su sentido de identidad. Según Belk, no solo tenemos cosas: en cierto nivel psicológico, somos nuestras cosas. Las posesiones funcionan como marcadores de quiénes somos, de dónde venimos, de qué etapas hemos vivido. (Belk, 1988 - Journal of Consumer Research).

Este mecanismo se vuelve especialmente visible en los objetos heredados. Una persona puede guardar durante décadas la taza de loza de su abuela, aunque esté desportillada y aunque nunca la use. No es la taza lo que guarda: es la presencia de esa persona, la continuidad de un vínculo que la muerte interrumpió pero que el objeto mantiene vivo de alguna manera. Tirar la taza se siente como tirar a la abuela.

Lo mismo ocurre con objetos de etapas pasadas de la propia vida. El diploma de una carrera que se abandonó, la camiseta de un equipo de fútbol de la infancia, los apuntes de un curso que nunca se terminó. Estos objetos no representan logros presentes: representan versiones anteriores del yo, proyectos inconclusos, identidades que se probaron y se dejaron. Guardarlos es, en algún sentido, no terminar de cerrar esas historias.

El desorden como síntoma, no como causa

En la consulta clínica, cuando alguien llega con dificultad para ordenar su espacio o deshacerse de objetos, el trabajo raramente consiste en enseñarle técnicas de organización. El desorden físico suele ser la expresión visible de un desorden emocional más profundo: ambivalencia sobre una relación, duelo no procesado, miedo a la pérdida de identidad, o dificultad para habitar el presente.

Investigaciones sobre el impacto del entorno físico en el bienestar psicológico han mostrado que los espacios cargados de objetos no resueltos generan niveles más altos de cortisol, la hormona del estrés. Un estudio de la UCLA publicado en 2012 encontró que las mujeres que describían sus hogares como desordenados o llenos de cosas sin terminar mostraban perfiles de cortisol más elevados a lo largo del día, comparadas con quienes describían sus hogares como ordenados o restauradores. (Saxbe y Repetti, 2010 - Personality and Social Psychology Bulletin).

Esto no significa que el orden sea una virtud moral ni que tener muchas cosas sea patológico. Significa que cuando el entorno físico está cargado de objetos que generan ambivalencia, esa ambivalencia tiene un costo fisiológico real. El cuerpo responde al desorden emocional que los objetos representan.

La dificultad de soltar y lo que revela sobre el apego

Desde una perspectiva clínica, la dificultad para deshacerse de objetos puede leerse como una forma de apego. No en el sentido coloquial de "encariñarse con las cosas", sino en el sentido técnico que la teoría del apego le da al término: una estrategia para mantener la proximidad con algo o alguien que provee seguridad.

Cuando una persona no puede tirar la ropa de un familiar fallecido, está usando los objetos para mantener viva una presencia que ya no está. Cuando alguien guarda compulsivamente objetos de una relación terminada, puede estar evitando el trabajo de duelo que implicaría reconocer que esa relación ya no existe. Y cuando alguien acumula objetos que "algún día va a usar", puede estar preservando una versión futura de sí mismo que le resulta más tolerable que el presente.

El psiquiatra y neurocientífico David Eagleman ha señalado que el cerebro humano tiene una tendencia natural a sobrestimar la continuidad entre el yo presente y el yo futuro. Imaginamos que el yo de dentro de diez años tendrá los mismos gustos, proyectos y necesidades que el yo de hoy, lo cual nos lleva a guardar cosas para ese yo futuro que probablemente nunca llegará a existir exactamente como lo imaginamos. Esta ilusión de continuidad del yo contribuye directamente a la acumulación de objetos que "algún día" tendrán sentido.

Qué hacer con todo esto: entre la psicología y la práctica

El trabajo clínico con este tema no consiste en convencer a las personas de que tiren sus cosas. Consiste en ayudarlas a entender qué función emocional cumple cada objeto y si esa función puede cumplirse de otra manera.

Una pregunta útil que puede hacerse cualquier persona frente a un objeto que no usa pero tampoco puede soltar es: ¿qué perdería si esto desapareciera? No qué perdería en términos materiales, sino qué historia, qué vínculo, qué versión de sí misma siente que ese objeto sostiene. La respuesta a esa pregunta suele ser más reveladora que cualquier técnica de organización.

Investigaciones en psicología positiva han explorado el concepto de apego funcional a los objetos, distinguiendo entre el apego que nutre la identidad y el que la congela. Un objeto que conecta a una persona con sus valores presentes, con vínculos vivos, o con proyectos activos, cumple una función psicológica positiva. Un objeto que ancla a una persona en una etapa que ya terminó, que genera culpa o ambivalencia cada vez que se lo ve, o que ocupa espacio físico y mental sin aportar nada, puede estar cumpliendo una función de evitación.

La diferencia entre guardar con conciencia y acumular por inercia no está en la cantidad de objetos, sino en la relación que se tiene con ellos. Algunos hogares con pocas cosas están llenos de objetos cargados de significado vivo. Otros con muchas cosas tienen la mayoría de ellas en un limbo emocional donde nadie las mira, nadie las usa, y nadie se atreve a soltarlas.

Conclusión: los objetos como espejo

Lo que guardamos dice algo sobre quiénes somos, pero también sobre quiénes no nos hemos atrevido a dejar de ser. El efecto dotación explica el mecanismo cognitivo, la teoría del yo extendido explica la función identitaria, y la teoría del apego explica la resistencia emocional. Pero ninguno de estos marcos por sí solo captura la experiencia completa de estar parado frente a una caja llena de cosas que no se usan y no se pueden tirar.

Esa experiencia, cuando se trabaja en un espacio terapéutico, puede convertirse en una puerta de entrada a conversaciones sobre duelo, sobre identidad, sobre el miedo al cambio y sobre la relación que cada persona tiene con su propio pasado. Las cosas que guardamos no son el problema: son la pista.

Si reconoces en ti esta dificultad para soltar, o si sientes que tu relación con tus pertenencias está conectada con algo más profundo que el desorden, en nuestro centro psicológico en Providencia podemos acompañarte en ese proceso. Atendemos de forma presencial y online, y puedes agendar tu primera consulta directamente en este enlace: Agendar hora en Centro de Terapia Conductual.

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