Reflexiones

La deriva identitaria del domingo en la tarde

Paulina Arenas

Psicóloga Clínica

Hay un momento particular del domingo en la tarde —digamos, entre las cuatro y las seis— en que algo extraño le ocurre a la percepción de uno mismo. No es tristeza exactamente, aunque puede parecerse. No es aburrimiento, aunque el cuerpo busca el teléfono sin razón. Es algo más difuso: una sensación de que la persona que uno fue durante la semana se ha ido diluyendo, y la que será el lunes todavía no ha llegado. En ese intervalo, el yo flota sin ancla.

Este fenómeno tiene nombre coloquial en varios idiomas. En inglés existe el término Sunday scaries, aunque esa expresión apunta más a la ansiedad anticipatoria del lunes que a lo que aquí nos interesa. Lo que ocurre en esas horas no es solo miedo al trabajo que viene: es una experiencia de discontinuidad del yo, una especie de pausa en la narrativa que normalmente nos sostenemos a nosotros mismos. Los roles que nos dan forma —profesional, colega, estudiante, persona con agenda— se han suspendido, y lo que queda puede sentirse sorprendentemente vacío.

La psicología contemporánea lleva décadas estudiando cómo construimos y mantenemos el sentido de identidad. Lo que emerge de esa investigación es revelador: el yo no es una estructura fija que llevamos dentro, sino un proceso activo, sostenido por rutinas, relaciones y narrativas que se actualizan constantemente. Cuando esas estructuras se interrumpen —como ocurre en los bordes de la semana— el yo pierde temporalmente su coherencia. No desaparece, pero se vuelve poroso, maleable, a veces inquietante.

Este artículo es un intento de entender qué ocurre en esas horas de domingo, por qué algunas personas las viven con una angustia desproporcionada, y qué nos dice ese malestar sobre la forma en que construimos nuestra identidad cotidiana.

El yo como narración continua

El filósofo Paul Ricoeur propuso que la identidad personal es fundamentalmente narrativa: nos comprendemos a nosotros mismos a través de las historias que contamos sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Esta idea fue adoptada y expandida por la psicología clínica, especialmente por Dan McAdams, cuya teoría de la narrative identity sostiene que el yo es una historia en construcción permanente, no un objeto estático. (McAdams & Pals, 2006 - Annual Review of Psychology)

Lo que esto implica es que el sentido de uno mismo depende, en parte, de que la historia tenga continuidad. Cuando los capítulos se interrumpen —por vacaciones, por enfermedad, por el simple hecho de que el domingo no tiene guion— la narración se detiene. Y en esa pausa, el yo puede experimentarse como algo menos sólido de lo que creíamos. No es patología: es la condición normal de una identidad que necesita ser activamente sostenida.

El domingo en la tarde es, en este sentido, un laboratorio involuntario. Las estructuras que habitualmente organizan la experiencia —el horario, las obligaciones, las interacciones sociales instrumentales— se han retirado. Lo que queda es una especie de tiempo libre que, paradójicamente, puede sentirse como una amenaza. Porque el tiempo libre exige que uno sepa quién es cuando no está haciendo nada en particular.

La identidad sostenida por el rol y el riesgo de su ausencia

La teoría de la identidad de rol, desarrollada por Sheldon Stryker en la tradición del interaccionismo simbólico, plantea que las personas no tienen una sola identidad sino una jerarquía de identidades vinculadas a los roles que desempeñan. Somos madre, psicóloga, amiga, hija —y cada uno de esos roles activa una versión de nosotras mismas con sus propias normas, expectativas y formas de relacionarse con el mundo. (Stryker & Burke, 2000 - Social Psychology Quarterly)

El problema surge cuando los roles se suspenden simultáneamente. El domingo en la tarde es uno de los pocos momentos de la semana en que la mayoría de los roles sociales quedan en pausa: no se trabaja, no se estudia, las obligaciones familiares suelen ser más difusas, y el tiempo no está estructurado por compromisos externos. En ese vacío de rol, la identidad pierde sus andamiajes habituales. Para algunas personas, esto se vive como libertad. Para otras, como una desorientación sutil pero real.

Lo que determina cuál de las dos experiencias predomina tiene que ver, en parte, con lo que los investigadores llaman self-concept clarity: la claridad y coherencia interna del autoconcepto. Las personas con mayor claridad de autoconcepto tienden a experimentar los períodos de rol suspendido con más ecuanimidad, porque su sentido de identidad no depende exclusivamente de los roles externos. (Campbell et al., 1996 - Journal of Personality and Social Psychology)

El tiempo sin estructura y la mente que se vuelve sobre sí misma

Existe un fenómeno bien documentado en la investigación sobre bienestar: el tiempo no estructurado, lejos de ser reparador por defecto, puede activar patrones de pensamiento rumiativo. La mente, sin una tarea que la ancle al presente, tiende a vagar —y ese vagabundeo mental no siempre lleva a lugares agradables.

El trabajo de Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert sobre la mente errante mostró que las personas pasan casi la mitad de su tiempo despierto pensando en algo distinto a lo que están haciendo, y que ese estado se asocia consistentemente con menor bienestar emocional. (Killingsworth & Gilbert, 2010 - Science) El domingo en la tarde, con su particular combinación de tiempo libre y ausencia de estructura, crea las condiciones perfectas para que la mente empiece a girar sobre sí misma: revisando lo que no se hizo, anticipando lo que viene, preguntándose quién se es en realidad.

Esta vuelta sobre uno mismo no es necesariamente negativa. La introspección puede ser profundamente útil. Pero cuando ocurre en un contexto de identidad porosa —cuando los roles están suspendidos y la narrativa del yo ha perdido su hilo— puede convertirse en una experiencia de extrañeza respecto de uno mismo. Hay personas que describen el domingo en la tarde como el momento en que se sienten más ajenas a sí mismas, más inciertas sobre quiénes son y qué quieren. Esa experiencia tiene un nombre en la literatura clínica: depersonalización leve, aunque en sus formas cotidianas no alcanza la intensidad de un síntoma clínico.

Por qué algunas personas lo sienten más que otras

No todo el mundo experimenta el domingo en la tarde como un momento de deriva. Hay personas que lo viven con genuina tranquilidad, incluso con placer. La diferencia no es arbitraria: responde a variables psicológicas identificables.

Una de las más relevantes es el estilo de apego. Las personas con apego ansioso tienden a regular su sentido de identidad a través de la conexión con otros: cuando esa conexión se vuelve difusa —como ocurre en el tiempo no estructurado del fin de semana— el yo pierde parte de su sostén. La investigación de Mario Mikulincer y Phillip Shaver sobre apego en la adultez muestra que el sistema de apego se activa no solo ante amenazas externas, sino también ante la incertidumbre interna sobre el yo. (Mikulincer & Shaver, 2007 - Guilford Press)

Otra variable importante es la relación con el tiempo libre en sí. En una cultura que valora la productividad como marcador de identidad —y Chile no es la excepción— el tiempo sin tarea puede vivirse como una amenaza al autoconcepto. Si me defino por lo que produzco, ¿quién soy cuando no estoy produciendo? Esta pregunta, que el domingo en la tarde formula sin palabras, puede ser genuinamente perturbadora para personas cuya identidad está fuertemente anclada en el rendimiento.

También influye la historia personal de cada uno. Quienes crecieron en entornos impredecibles o emocionalmente inestables pueden haber aprendido a asociar el tiempo no estructurado con peligro o abandono. Para ellos, el domingo en la tarde puede reactivar, de forma inconsciente, esa sensación antigua de que algo malo ocurre cuando no hay nada que hacer.

Qué hacer con la deriva: no huir, sino habitar

La respuesta más común ante la incomodidad del domingo en la tarde es llenarla: redes sociales, series, planes de último minuto, cualquier cosa que devuelva estructura al tiempo. Esta estrategia funciona en el corto plazo, pero evita el aprendizaje que esas horas pueden ofrecer.

Desde una perspectiva terapéutica, la deriva identitaria del domingo no es un problema a resolver sino una señal a escuchar. Pregunta: ¿en qué roles estoy depositando mi sentido de identidad? ¿Qué queda de mí cuando esos roles se suspenden? ¿Tengo acceso a una versión de mí mismo que no dependa de la productividad ni de la aprobación externa?

La terapia de aceptación y compromiso (ACT) ofrece herramientas particularmente útiles para este tipo de experiencia. Su concepto de yo como contexto —la idea de que hay una dimensión del yo que observa los pensamientos y emociones sin identificarse completamente con ellos— puede ser un recurso valioso para habitar el domingo sin que la deriva se convierta en angustia. (Hayes, Strosahl & Wilson, 2012 - Guilford Press)

No se trata de eliminar la incomodidad, sino de desarrollar la capacidad de estar con ella sin huir. El domingo en la tarde, con toda su ambigüedad, puede ser una oportunidad para conocerse un poco mejor: para descubrir qué queda cuando se retiran los andamiajes habituales, y si lo que queda es suficiente.

Conclusión: el domingo como espejo

La deriva identitaria del domingo en la tarde no es una rareza ni un síntoma de debilidad. Es una consecuencia natural de cómo construimos el yo: a través de roles, rutinas y narrativas que, cuando se interrumpen, dejan al descubierto la fragilidad constitutiva de nuestra identidad. Esa fragilidad no es un defecto: es la condición de posibilidad de cualquier cambio genuino.

Pero cuando esa deriva se vuelve recurrente, intensa o perturbadora —cuando el domingo en la tarde se convierte en un momento de angustia real, de extrañeza respecto de uno mismo, de preguntas que no encuentran respuesta— puede ser señal de que hay algo más profundo que merece atención.

En nuestro centro psicológico en Providencia, trabajamos con personas que están en ese proceso de preguntarse quiénes son más allá de sus roles y sus obligaciones. Si sientes que la deriva del domingo —o de cualquier otro momento de pausa— te genera una incomodidad que no puedes sostener sola o solo, te invitamos a dar el primer paso. Atendemos de forma presencial en Providencia y también en modalidad online, para que puedas acceder al apoyo que necesitas desde donde estés. Puedes agendar tu primera sesión directamente en este enlace.

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